Hay algo que pasa muy a menudo en lo público (y también en empresas, la verdad): se hace una encuesta, se presenta un informe potente, se aplaude… y, unas semanas después, la vida sigue igual. El documento queda bien en una estantería, pero la realidad no se mueve.
El salto importante no es “tener datos”. El salto es convertir datos en decisiones medibles, con responsables, plazos y una forma sencilla de comprobar si funciona.
Vamos a verlo paso a paso, sin jerga y con los pies en el suelo.
1) El primer error: confundir diagnóstico con plan
Un estudio bien hecho responde a:
- qué está pasando,
- a quién le pasa,
- por qué puede estar pasando (hipótesis razonables).
Un plan estratégico, en cambio, responde a:
- qué vamos a hacer,
- con qué prioridad,
- quién lo lidera,
- en qué plazo,
- cómo sabremos si mejora.
Si el informe no cruza ese puente, el dato se convierte en “conocimiento interesante”… pero no en política pública.
2) Tres niveles para transformar datos en acción
Piensa en esto como una escalera. Si te saltas un peldaño, se tambalea todo.
Nivel 1 — Hallazgos claros (no 80 diapositivas)
Los resultados deben expresarse en frases que cualquiera pueda repetir:
- “La satisfacción cae especialmente en X perfil.”
- “El problema no es la oferta, es el acceso/horario/precio percibido.”
- “Hay una brecha entre lo que se comunica y lo que se entiende.”
Aquí es donde se gana el partido: claridad + foco.
Nivel 2 — Prioridades (pocas, de verdad)
Un plan con 25 líneas estratégicas no es un plan: es una lista de deseos.
Lo más práctico es trabajar con 3 a 5 prioridades (máximo 7 si el proyecto es grande), elegidas con criterios transparentes:
- Impacto esperado (¿mejora algo importante?)
- Urgencia (¿qué se rompe si no actuamos?)
- Viabilidad (¿tenemos recursos y capacidad?)
- Equidad (¿a quién beneficia y a quién deja fuera?)
Nivel 3 — Microdecisiones ejecutables
Aquí aterriza todo. Cada prioridad se traduce en acciones con forma de ficha:
- Acción (verbo + concreto): “Extender horarios en X franjas”, “Simplificar trámite Y”
- Responsable (una persona/área, no “el Ayuntamiento”)
- Plazo (inicio y revisión)
- Indicador (1–2, no 10)
- Fuente del dato (de dónde sale)
- Riesgos (qué puede fallar)
Esto parece simple… y precisamente por eso funciona.
3) Indicadores que sí sirven (y los que suelen estorbar)
Indicadores útiles (por prioridad)
- Resultado: ¿mejoró lo importante? (satisfacción, afluencia, empleo, tiempos, percepción)
- Proceso: ¿se hizo lo previsto? (acciones completadas, implantación, cobertura)
- Equidad: ¿mejoró para todos o solo para algunos? (segmentos, barrios, edades)
Indicadores “bonitos” que suelen confundir
- “Número de acciones realizadas” sin evaluar efecto
- “Impactos en redes” sin conexión a objetivos públicos
- “Asistentes totales” sin perfil ni repetición
- “Promedios” que esconden desigualdades (mejor segmentar)
Una regla rápida: si el indicador no te ayuda a decidir qué ajustar, sobra.
4) Un ejemplo tipo (sin datos sensibles)
Imagina un proyecto municipal de comercio local.
Hallazgo del estudio:
- La gente valora el comercio de proximidad, pero se queja de horarios y falta de información sobre oferta.
- Los jóvenes visitan poco por “falta de motivos” (experiencia) más que por precio.
Prioridad 1: Mejorar accesibilidad y conveniencia
- Acción: piloto de horario ampliado en 2 zonas y 2 franjas semanales
- Indicadores: afluencia en franja piloto, ventas estimadas (muestra), satisfacción de comerciantes
- Revisión: 6 semanas
Prioridad 2: Hacer visible la oferta (sin gastar a ciegas)
- Acción: catálogo vivo por categorías + campaña local segmentada
- Indicadores: tráfico a catálogo, cupones/beneficios canjeados, notoriedad de oferta
- Revisión: mensual
¿Ves la diferencia? No es “haremos campañas”. Es haremos esto, en este plazo, y miraremos estos datos.
5) Cómo presentar resultados para que se aprueben (y se ejecuten)
Aquí hay un detalle muy humano: en comités y plenos no gana el informe más largo, gana el más entendible.
Un formato que suele funcionar:
- 3 mensajes clave (una diapositiva)
- Mapa de prioridades (impacto vs viabilidad)
- Plan en 90 días (qué se hace ya)
- Plan anual (qué se escala)
- Cuadro de mando de seguimiento (indicadores + responsables)
Y si además lo conviertes en un tablero vivo (Power BI u otro), mejor: el plan deja de ser “un acto” y pasa a ser “un proceso”.
6) Checklist rápido para que el plan no se quede en un PDF
- 3–5 prioridades (no más)
- Cada prioridad con 2–4 acciones concretas
- Responsable nominal por acción
- Plazo de revisión (no solo plazo final)
- 1–2 indicadores por acción + fuente del dato
- Segmentación mínima (para no esconder desigualdades)
- Reunión mensual de seguimiento con decisiones (no solo reporte)
Cierre: el dato no cambia nada… hasta que alguien decide
Suena un poco duro, pero es liberador: los datos no transforman, las decisiones sí.
El trabajo fino está en hacer que decidir sea fácil, medible y revisable.
Si quieres, podemos ayudarte a diseñar el estudio (encuesta, entrevistas, focus group) y, sobre todo, a convertir los hallazgos en una hoja de ruta con indicadores y seguimiento. Así el plan respira, camina y, con suerte, mejora la vida real.
